miércoles, 27 de julio de 2011

AL CALOR DE UNA VELA

Ante la insistencia de mi mujer, que me apoya en todo lo que hago, salvo en lo de engordar y quedarme calvo, he decidido que le voy a hacer caso e incluir alguna historia corta en este blog cutre que poco a poco voy montando. Soy consciente de mis limitaciones y mis fallos (posiblemente hasta ortográficos), pero como el blog es mío, pongo lo que me da la gana. Así que de vez en cuando pondré algo que las musas hayan venido a contarme. Mi primera historia es Al calor de una vela.


Nina se calentaba las manos acercándolas a la única llama de la habitación. Poco importaba que con ese simple gesto abortase toda posibilidad de iluminación del resto del cuartucho que compartía con su abuelo. Llevaban así desde el 9 de Noviembre y Nina ya no sabía cuántas lunas habían pasado desde que los cristales de los establecimientos judíos hubiesen comenzado a estallar en pedazos ante el asalto de la maldad y la ignorancia. A Nina no le importaba el Partido Nacionalsocialista, no le importaban las sinagogas, no había oído hablar del asesinato de Ernst Vom Rath. Nina solo quería jugar en la calle, cenar con sus padres cuando cerraban la sastrería y que su abuelo le contase cuentos justo antes de acostarse, a la luz de la misma vela que ahora le servía de calefactor. Pero Nina ya no era solo una niña de 11 años. Nina ya era mayor. Su niñez había huido al último rincón de su memoria, y a través del único agujero de la pared de su guarida solo podía verse soledad,  violencia y un mundo exterior cada día más gris. Tampoco ayudaban los momentos de tensión mientras el abuelo se escabullía a por agua o víveres, cada día más escasos. No, Nina, ya no era una niña, porque uno pierde su condición de infante cuando ve como dos hombres golpean a un tercero hasta la muerte y lo dejan tirado en la calle como si fuera menos que una colilla. Una escapa de su infancia cuando ve la noche iluminarse y arder con un fuego aún más vivo que el del sol, para a continuación oscurecerse con un humo que tapa el más mínimo destello de la luna. Nina dejó atrás a la niña, esperando a que su abuelo volviese de robar comida y ahora, la cada vez más adulta Nina, comenzaba a darse cuenta de que su abuelo cada vez salía menos y dormía más, de que el color de su cara era cada vez más pálido y mortecino, de que su respiración era entrecortada y quejumbrosa, de que la vida se le escapaba, y con la de su abuelo también la suya. ¿Por qué nunca le había dicho donde conseguir la comida? ¿Dónde estaba la fuente más cercana para saciar su sed? ¿Cuál era el camino más seguro? Desde su escondite le veía perderse tras una esquina, pero a partir de ahí, la nada, el vacío, el desconocimiento. Maldito viejo, pensó Nina sin mirarle, me has salvado y condenado en la misma acción. Cinco días sin comer y apenas sin beber estaban arrastrando la locura a las playas de la mente de Nina. No hay salida, emparedada viva en este ridículo cuchitril. Se acabaron los juegos, las carreras por la calle, los caramelos y los cuentos y a Nina solo le quedaba una vela para calentarse. Nina odiaba, lo odiaba todo, a los uniformados hombres que pasaban por la calle, el tener que apagar su único foco de luz cuando oían ruido bajo sus pies, el ver como la sastrería de su padre justo enfrente de la calle estaba siendo ocupada por una familia rubia, guapa, de aspecto feliz y a la que Nina envidiaba desde lo profundo de sus tripas. Sabía que si cruzaba la calle de día para pedirles un trozo de pan, la entregarían a los guardias, y su abuelo nunca le había explicado por qué. Por qué sus padres ya no estaban, ni su hermano, por qué solo le quedaba un odio profundo, un hambre que la devoraba, un viejo moribundo y ninguna salida. Así, mientras del vacío de su estómago surgía un ruido sordo, sus ojos azules abandonaron definitivamente la infancia y cruzaron el umbral que separa la razón de la locura para posarse sobre el cuerpo de su abuelo ya fallecido. Bueno, pensó Nina, al menos para uno de los problemas tengo una solución.

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